Los amigos del barrio pueden desaparecer

El periodista Miguel Graziano escribió En el cielo nos vemos, la historia de Jorge Julio López, y al pedirnos el prólogo de su obra nos permitió volcar una síntesis de nuestra experiencia en el seguimiento del caso durante los más de seis años que lleva sin aparecer. Editado por Peña Lillo-Continente, fue presentado el viernes 3 de mayo en la Feria del Libro, donde compartimos la palabra con el autor, el escritor Osvaldo Bayer y el editor Jorge Gurbanov.

El misterio sobre el destino de López no será revelado en el libro, porque la justicia que lo investigó sólo trazó caminos que no conducen a nada. Pero nos acercará al hombre destrás de la dolorosa figura del desaparecido, el único que sobrevivió a la dictadura para volver a desaparecer en democracia. Nos mostrará la “mezcla explosiva de ineptitud, complicidad y encubrimiento” de la que hablaba Adriana Calvo al referirse a los funcionarios a cargo de su búsqueda. Y nos dejará el amargo sabor de una evidencia incontrastable: una parte residual del aparato represivo sigue teniendo poder letal. Aunque no pudieron frenar los juicios por los delitos de lesa humanidad cometidos durante el genocidio de la dictadura cívico militar, sí consiguieron marcarles un límite.

“Un libro necesario, muy documentado”, dijo Bayer en la presentación. En tanto Graziano recordó que el testigo desaparecido en 2006 siempre repetía que “los argentinos tienen que saber lo que pasó” durante la dictadura, por eso se propuso que “los argentinos tienen que saber lo que pasó” con López. El editor Gurbanov dijo que “aunque no le podamos dar vida tenemos que visibilizarlo por su coraje”, y afirmó que el esclarecimiento del caso es “una deuda pendiente de este gobierno porque enfrenta a una justicia que no es tal”. Por nuestra parte, señalamos que el de López es un “crímen político impune”, y que el libro nos ayudó a comprender que los familiares no quisieron saber sobre sus padecimientos ni lo acompañaron cuando decidió convertirse en testigo y querellante porque consideran que su activismo politico fue el origen y la razón de que desapareciera dos veces.

Todos los caminos conducen a la nada
(a modo de prólogo)

López duele. Desde el primer día de su desaparición hasta hoy, duele. En el alma, en la conciencia, su recuerdo sigue estrujando las entrañas, con mayor intensidad para algunos, algo menos para otros. También habrá quien sólo tenga dudas o sienta una leve molestia al escuchar su nombre: Jorge Julio López, desaparecido en democracia.

Pocos saben que técnicamente la ausencia de López en los alegatos podría haber impedido la continuidad del juicio porque los sobrevivientes alegaban por sí mismos, no habían apoderado a sus abogados. De no haber mediado la excepción que hizo el Tribunal Oral Federal platense, que juzgó y condenó al torturador Miguel Osvaldo Etchecolatz a prisión perpetua por delitos cometidos en el marco de un genocidio, el juicio se hubiera anulado. ¿Sabrían esto los que se lo llevaron?

Quienes desde el poder se animaron a decir que López podía estar perdido lo hicieron al amparo de la propia incredulidad inicial de la familia. Mientras sus compañeros sobrevivientes no dudaron en afirmar que “lo chuparon”, su hijo decía que podía estar perdido. El relato de Graziano permite entender el lugar desde dónde hablaron: la negación de la propia condición de ex preso político de López. Cuando sus compañeros lo llamaban a su casa tenían que decir que era por algún trabajo de albañilería. En esa dimensión de su vida Tito, como le decían en la intimidad de su hogar, los tenía en contra. No quisieron saber sobre sus padecimientos en cautiverio durante la dictadura, tampoco acompañaron su decisión de declarar. Para ellos, su activismo político fue el origen y la razón del drama que los envolvió.

Su repaso de los hechos no sólo pone en contexto la desaparición de López, también nos ubica en el primer juicio luego de la anulación de las leyes de impunidad (Obediencia Debida y Punto Final),  aunque la primera sentencia fue la que condenó al represor Julio Simón (alias Turco Julián) en un proceso que había comenzado pocos días después que el del ex comisario Etchecolatz. El ex director de Investigaciones de la Policía Bonaerense había llegado en libertad al banquillo, pero la perdió cuando trascendió que poseía una pistola 9 milímetros en su casa de Mar del Plata.

Graziano reconstruye todas las fallidas búsquedas, pero antes muestra al hombre detrás del desaparecido. En el cielo nos vemos habla de ese pulóver amarillo que le había tejido su esposa Irene, que le sacaron durante el primer secuestro para ponérselo en la cabeza, y cuando López abrió los ojos se dio cuenta de que veía todo a través de los puntos de la prenda de lana. Quería llevarlo cuando declaró pero le dijeron que no hacía falta. Él sabía que no era un detalle menor. Cuando las defensas de los genocidas quieren invalidar los testimonios de los sobrevivientes apelan a que estaban vendados o encapuchados.

Del austero trazo de Graziano surge la historia para saber quién era López antes y después de su primer secuestro, cómo procesó en su interior la tortura y el encierro con familiares que no querían saber, de qué manera se animó a ser testigo, y cómo reconstruyó su memoria. Quien en un principio fue tildado de “viejo loco” terminó aportando a la justicia un dato que resultó irrefutable: la existencia de restos humanos en el campo clandestino de Arana. “Este fue el quemadero de cuerpos”, había dicho López durante una reconstrucción. Así había sido.

También están las piezas del rompecabezas que no encajan: las amenazas que sufrió el testigo Illiodo en el mismo momento en que López daba su testimonio, por qué nunca fue interrogada en la investigación la ex secretaria de Etchecolatz, por qué la propia Bonaerense dijo que el cadáver de Punta Lara era el de López.
Los diálogos con los funcionarios que estuvieron a cargo de la búsqueda desnudan su total desconcierto e impotencia. “Nosotros tenemos sólo el 20 por ciento del control de la fuerza”, confesó el ex ministro León Arslanian al referirse a la Bonaerense. Graziano demuestra que no estuvieron a la altura de las circunstancias –porque no pudieron o no supieron– pero varios de los interlocutores de aquellos funcionarios sostienen que no quisieron estarlo porque nunca hubo decisión política de esclarecer la desaparición de López. Cuando miembros de los organismos de derechos humanos insistían en que fueran echados los policías que habían tenido vínculos con la dictadura, la respuesta fue que había que anteponer “la gobernabilidad de la fuerza”. Si López hubiera sido prioridad de Estado no hubieran tardado dos años para apartar a la Bonaerense y calificar el caso como desaparición forzada de persona. O hubiera habido alguna respuesta política más enérgica luego de que la investigación pusiera al descubierto el escándalo de irregularidades en el llamado pabellón de lesa humanidad: una serie de privilegios de los que gozaban los represores detenidos en la cárcel de Marcos Paz, como acceso a telefonía celular, líneas no declaradas, visitas con registros irregulares y connivencia explícita del Servicio Penitenciario Federal que obligó a realizar un segundo allanamiento.

Algunas contradicciones expuestas hablan por sí solas, como cuando Arslanian dijo que López se “ausentaba” (el mismo término utilizado por quienes difundieron versiones delirantes y malintencionadas, y por los que denunciaron a sus compañeros por no haberlo cuidado). Esto fue negado por sus hijos y esposa en una de sus cartas públicas.

Por otra parte, el relato pone en evidencia qué dijo cada quien luego de reunirse con los funcionarios, qué declararon los protagonistas principales y los secundarios de esta historia al salir de los despachos oficiales.

“Se tardó mucho en hacer los juicios”, dijo la abogada Guadalupe Godoy. Se tardó demasiado en siquiera intentar concretar aquella consigna de las primeras movilizaciones de la democracia que exigía el “desmantelamiento del aparato represivo”. Si acaso hubo una evaluación del poder del enemigo a enfrentar con la política de juicios por crímenes de lesa humanidad, fue como mínimo insuficiente y equivocada. La imprevisión respecto de la protección integral de los testigos quedó brutalmente en evidencia con la segunda desaparición de López y la sucesiva ola de amenazas e incidentes similares. Un cuidado que siempre debió haber sido mucho más que custodiarlos con miembros de las mismas fuerzas sospechadas de seguir siendo parte de ese reciclado aparato represivo. Tardío, hubo un intento de ir al nudo de la cuestión con el armado de una red para identificar a posibles represores activos y conspirando. Pero también faltó decisión política, el organismo encargado nunca recibió los fondos necesarios y todo quedó en la nada.

“El gobierno de la provincia reconoció explícitamente que un centenar de represores seguían en actividad en la policía provincial y se comprometió a exonerarlos. Sin embargo, sólo ‘jubiló’ a 36 de ellos cuando lo apropiado hubiese sido no sólo expulsar a la totalidad sino iniciar una inmediata investigación acerca de su eventual complicidad con el secuestro de Julio”, dijo Nilda Eloy, sobreviviente y compañera de López en el juicio, a un mes de la desaparición. No estuvieron (o no quisieron estar) a la altura de las circunstancias. Treinta días tardaron para empezar a cruzar datos de las Fuerzas Armadas, Policía Bonaerense y Federal. Hasta que la resignación empezó a colarse en las respuestas. “¿Van a seguir aunque pase el tiempo?”, le preguntó Ruben López al gobernador Felipe Solá. “Se mantendrá el espíritu de trabajo conjunto  entre los gobiernos nacional y provincial”, dijo el funcionario. Ya al segundo mes el caso López empezó a tener cada vez menos lugar en la agenda pública. Al punto que años después Nilda concluyó que Jorge Julio López había desaparecido cuatro veces, la primera en dictadura, la segunda en democracia, la tercera de los medios y la cuarta del expediente judicial, cuando éste quedó un tiempo a la deriva entre juzgados.

¿Hay respuestas en el libro? No las hay porque no las tiene el caso. Graziano no suma una más a las hipótesis existentes, y cree que esta es una historia con final abierto, que solamente tendrá un cierre cuando sepamos la verdad de lo que pasó. Pero se queda con una idea que compartimos: a López lo habría abordado alguien que él conocía con la intención de obligarlo a desmentir el testimonio que prestó en el juicio contra Etchecolatz, y como el testigo se negó lo habrían hecho desaparecer. ¿Quiénes? Probablemente una banda mixta integrada por policías y militares, retirados y en actividad.  Pero la justicia no logró probarlo. Y el resto del expediente es una sucesión de amenazas, pistas disparatadas e interesadas, rastrillajes indiscriminados y misterios teñidos de mensajes mafiosos, como el episodio del hallazgo de las llaves de López. Una de sus abogadas en el juicio, Myriam Bregman, sostuvo una vez que la única esperanza de encontrar algo de esclarecimiento respecto de López era investigando a todos los que encubrieron y sembraron pistas falsas en la causa, un expediente donde hubo puro enchastre y las pocas pistas serias fueron arruinadas. Quienes estuvieron a cargo del caso hasta el día de hoy esgrimen sólo excusas sobre su rotundo fracaso, de modo que suscribimos que hayan sido omitidas. Si el expediente tuvo varios años de actividad fue por la incansable labor de los abogados Godoy y Aníbal Hnatiuk, quienes insisten en exigir justicia aún cuando sintieron más de una vez que les tomaban el pelo. Como cuando descubrieron que los investigadores policiales se pasaron meses escuchando las supuestas líneas intervenidas de Marcos Paz, y registraban las conversaciones de los presos comunes. ¿No se dieron cuenta que alguien les cambió la ficha?

Así como sucedía con los aniversarios del ataque a la AMIA, y ahora ocurre con la desaparición del joven Luciano Arruga,  cada año que pasaba sin López había algún anuncio para la ocasión.  Al principio sonaba a oportunismo, pero en perspectiva cuando se impone el silencio y el olvido al menos cada veinticuatro meses el tema volvía a los medios. Por nuestra parte, cada 16 de septiembre repetimos la frase de la sobreviviente Adriana Calvo, compañera de juicio con López, fallecida en diciembre de 2010. Ella definía la investigación sobre Julio como “una mezcla explosiva de inoperancia, encubrimiento y complicidad de los funcionarios y las fuerzas de seguridad”. Graziano recuerda que a un mes de la desaparición Eloy dijo que el caso mostraba “una descoordinación total entre los diferentes organismos de seguridad del Estado que, a esta altura, hace presuponer un alto grado de complicidad”. Sin ir tan lejos, la familia se quejaba que cada día venían desde distintas fuerzas a preguntarles lo mismo.

Miguel Bru, Iván Torres, Luciano Arruga y otras cincuenta personas desaparecieron en democracia. Pero López es la única que desapareció dos veces, primero durante la dictadura, en octubre de 1976, y luego durante el gobierno de Néstor Kirchner, el 18 de septiembre de 2006. El fallecido ex presidente lo nombró públicamente media docena de veces, y quizás muchas más en privado. No así su mujer, la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En cualquier caso, durante ambas administraciones el Estado fracasó en su búsqueda y sigue desaparecido.
López desapareció en democracia, aunque algunos consideren que eso sólo sucedía cuando gobernaban los sicarios del Estado. El Estado democrático debe asumir la responsabilidad por sus desaparecidos –como ya dijo la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso de Iván Torres– porque no pudo (de nuevo, no quiso) desmantelar el aparato represivo, porque decidió que la gobernabilidad se podía lograr a costa de dormir con los enemigos. Pues entonces asuma la clase política los costos. Los represores desfilan por los banquillos, que no es poco. Pero consiguieron que volvamos a convivir con la idea de que se puede desaparecer en Argentina.

Falta el Viejo, como le decían sus compañeros. Falta el testigo Jorge Julio López.

Primero por lo inconcebible, luego por la impotencia, ahora por la impunidad,  su ausencia sigue doliendo.

Adriana Meyer
Buenos Aires,  marzo 2013

Más en 

http://nopublicable.blogspot.com.ar/

https://www.facebook.com/pages/En-el-cielo-nos-vemos/130785043743114?hc_location=stream

Y la voz de Julio López en este mismo sitio, AM x AM

http://www.adrianameyer.com.ar/index.php/am-x-am/item/78-en-el-nombre-de-julio

Entrevista al periodista Miguel Graziano – InfoNews

http://www.infonews.com/2013/05/07/politica-74342-sola-reconocio-en-privado-que-fue-la-policia-la-que-secuestro-a-lopez.php